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LA ZONA HISTÓRICA : La Memoria del río Guadalfeo

Tal día como hoy, hace 77 años, el 8 de febrero de 1937, miles de personas emprendieron la huida desde Málaga hacia Almería ante la entrada inminente de las tropas franquistas. Fue un éxodo en toda regla. La población civil que huía en desbandada fue perseguida por los sublevados, atacada por mar y por aire, ametrallada y bombardeada. Muchos se dejaron la vida en el camino. Otros encontraron la muerte cuando intentaban atravesar el río Guadalfeo. A ellos, víctimas de ‘la desbandada’, se les rindió homenaje en el 77 aniversario de uno de los episodios más crueles del terror impuesto por las tropas franquistas.

Homenaje en el Guadalfeo

Sobre la desembocadura del río, en una rotonda, se ha levantado un monolito que recuerda a las personas, “familias enteras, en bastantes casos”, que perecieron ahogados cuando huían de los fascistas. 

“Recordemos la historia para evitar su repetición”, indica el texto grabado en la piedra, que cierra una breve explicación de lo sucedido en aquel paraje. Salvo ese monolito, colocado hace tres años en medio de una rotonda, nada indica que ese lugar llevó a la muerte a centenares de personas. 

Pero así fue. “La aviación y la artillería nos bombardeó por toda la carretera hasta llegar a Motril. Antes de llegar allí, le dieron larga a las compuertas del río y varios cientos de ahogaron”. La frase forma parte del testimonio de Manuel Espada Cordón, que han recogido Encarnación Barranquero Borrego y Lucía Prieto Borrego en Población y Guerra Civil en Málaga: Caída, éxodo y refugio.



El libro contiene numerosos relatos que permiten ilustrar lo que ocurrió y reconstruir uno de los capítulos más siniestros de la represión franquista. 

“Murió mucha gente porque ahí en Motril abrieron las compuertas y el agua se llevó a muchísima gente”. Así lo relataba Antonio Ariza Jiménez, cuyo testimonio y otros que fueron extractados del libro, sirvieron de fundamento para declarar la desembocadura del río Guadalfeo Lugar de Memoria. 

Desde hace poco más de un mes, ese enclave se ha convertido en un lugar protegido, uno de los cincuenta Lugares de Memoria que ya existen en la comunidad autónoma andaluza desde que el 27 de diciembre de 2013, la Junta de Andalucía decidiera incluirlo en el listado de los principales espacios de la represión franquista.

Malagueños pidiendo armas en el Palacio de la Aduana contra el golpe de estado

El grupo de memoria histórica del PSOE andaluz eligió la desembocadura del Guadalfeo para arrancar una serie de actos de homenaje a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura que tiene previsto realizar en las ocho provincias de Andalucía. 

La elección de la fecha no ha sido aleatoria. La desbandada comenzó el 7 de febrero de 1937. Y el 7 de febrero, los socialistas quisieron recordar a las víctimas. Fue un acto sencillo. Representantes del PSOE colocaron un ramo de flores a los pies del monolito y posteriormente participaron en un acto público celebrado en la biblioteca municipal de Salobreña (Granada).

“La desembocadura del río llevó a la muerte a cientos de mujeres, niños y ancianos que huían de la masacre de los franquistas”, recordó la secretaria general del PSOE, Teresa Jiménez. 

La protección de ese enclave como Lugar de Memoria permitirá que las generaciones actuales y futuras conozcan la realidad de lo que pasó y el horror que supuso la represión franquista, dijo después. El presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (AGEMH), Rafael Gil Bracero, consideró “de justicia, para las víctimas y sus familiares” rendir homenaje a quienes perdieron la vida por defender los valores de la libertad y de la democracia.


Foto Motril@Digital

De esos valores hablaron todos los que intervinieron en el acto, pero también del olvido de las víctimas de la represión y de la amnesia que durante mucho tiempo enterró en el silencio a miles de muertos de ‘la desbandada’, a los que fueron fusilados y a los que perecieron arrastrados por la crecida del río Guadalfeo y se ahogaron en el mar.

“Abrieron las compuertas y serían las doce o la una cuando pasamos nosotros y allí un chillerío, porque a muchas personas se las llevaba el río y se ahogaron, y unos gritos de los que se los llevaba el rio…Yo vi a un hombre que iba con un caballo subido y le dije: ‘Mire usted suba usted a mi niño en lo alto’. Y el hombre lo cogió y se lo puso por delante, pero yo cogí la cola del caballo y me la lié en las manos, tuve esa idea y como el caballo tiraba me llegaba el agua por arriba pero así pude pasar el rio”. 

Imagen de una de las fosas comunes de Málaga

El testimonio de Isabel Arcas Alonso, extraído de la obra de Barranquero y Prieto, da una idea del horror que sufrió la población en su huida de Málaga. Fue un episodio tan dramático como desconocido. Puede que ahora, tras la protección y señalización de la desembocadura del Guadalfeo como Lugar de Memoria, la gente pueda “conocer para recordar”. Ese es el lema con el que el PSOE-A inicia la campaña para rendir homenaje a las víctimas de la represión.


TEXTO Andaluces Diario


La trampa mortal del éxodo


Cuentan que Picasso dijo que su Guernica tenía que haberse titulado Málaga tras conocer el bombardeo que en 1937 cayó sobre los malagueños que huían de la ciudad por la carretera de Almería ante el avance de las tropas rebeldes. Fueron miles los que murieron en el camino bajo los bombardeos de barcos franquistas españoles y aviones fascistas alemanes e italianos. Huían en desbandá "y hubo muchos que en ese éxodo llegaron hasta Barcelona y Francia, porque no se limitó como creen muchos a Almería", explica el escritor e investigador malagueño Luis Melero que ha utilizado este monstruoso y silenciado capítulo de la historia para ambientar su última novela, La desbandá, que hoy a las 20.00 presenta en el Ateneo de Málaga.

"Yo no he encontrado ningún suceso que se parezca a la masacre que sufrieron los malagueños –y los refugiados que habían huido del avance de la guerra en Cádiz y que se encontraban en Málaga en febrero de 1937– porque fueron víctimas de una trampa. Incentivaron a los ciudadanos a que se fueran de sus hogares y los esperaron en el camino para matarlos. Fue uno de los hechos más graves y monstruosos que ha ocurrido en una guerra", asegura el autor que habló durante dos años con 270 personas, todos testimonios directos de lo que ocurrió.

"Fue difícil encontrar a gente que hablara porque cuando volví a Málaga ya se vivía medianamente bien y parecía como si nadie quisiera recordar lo que ocurrió. Tuve que pasarme por las tabernas buscando a hombres mayores de 60 años a los que invitaba a una copa para que se decidieran a contarme su historia". Sin embargo, muchas de las cosas que le contaron ni siquiera pudo incluirlas en la novela. "Primero porque tenía que dar coherencia a lo que le ocurría a los miembros de la familia protagonista y entonces no podía utilizar todo el material". Pero hay otra razón: "Algunas de las cosas que me contaron eran verdaderas barbaridades casi imposibles de repetir", asegura el autor de Oro entre brumas.

En el año de la desbandá, Málaga estaba destrozada. "Había sido maltratada y saqueada, por uno y otro bando, y la población estaba hambrienta cuando comenzó el asedio y se lanzaron al camino", dice Melero, que ha escrito seis versiones de la novela que acaba de publicar Roca Editorial. "Lo primero que escribí era infumable porque tenía demasiados datos y aunque la quinta versión me satisfacía porque incluía historias paralelas, seguía siendo demasiado extensa con 1.300 páginas", afirma.

En La desbandá, se relata la historia de Mani, un niño de once años, y su familia. Una familia marcada por el secreto de su apellido, la ausencia del padre y las diferencias entre sus hermanos, de los cuales, él, pese a ser el más pequeño parece el único con sentido común y es el que intenta todo para conseguir el dinero que su madre, modista, necesita para la familia. "Lo más difícil fue no ser maniqueísta, quedarme al margen de mis propias ideas políticas para contar lo que pasó. Es decir, que los buenos de la historia son buenos pero a ratos también malos, y los malos son malos y a ratos menos malos", explica Melero, que aclara que por eso eligió la voz de un niño, para conseguir una mirada que fuese más o menos ingenua.

Para la elaboración de esta novela, el escritor malagueño tuvo que recurrir a la prensa extranjera. "Todo empezó cuando en un viaje a Nueva York entré en la hemeroteca de The New York Times y al buscar Málaga vi una nota bastante amplia que contaba algo escalofriante que había ocurrido aquí en febrero de 1937". De ahí surgió la idea para escribir La desbandá pero además Luis Melero fue un niño de posguerra que creció marcado por lo que escuchó y por los derrumbes que todavía asolaban la ciudad. "Era todo tan tremendo que corrí un estúpido velo, y no es un chiste", aclara.

Melero tuvo que buscar en la prensa internacional lo que nunca se publicó en la nacional. "Hubo una especie de pacto de silencio. Los franquistas por los crímenes que cometieron y los republicanos porque no lo impidieron", sentencia. Málaga era una ciudad desarmada cuando llegaron las tropas de Franco, ya que meses antes y por las revueltas y saqueos que estaba viviendo se decidió que "no viajará ni un fusil más" para Málaga. Estaba "desarmada y hambrienta, y los franquistas se encontraron entonces con casi todo el trabajo hecho cuando entraron".

Para Luis Melero, la historia de Málaga en la Guerra Civil y en la etapa posterior fue tremenda. "Hasta que en los 60 comienza el desarrollo turístico de la Costa del Sol, Franco aisló la ciudad. Y si a eso se une que la población más joven y más capaz de salir adelante, o murieron, o se fueron, se trata de que no sólo acabó con la vida de muchos sino también con la capacidad de vida ,de dinamismo y de fuerza en la ciudad", afirma.

El de la carretera de Almería fue un éxodo lleno de terror. "Málaga, arada por la muerte y perseguida entre los precipicios hasta que las enloquecidas madres azotaban la piedra con sus recién nacidos" son los versos de Pablo Neruda que abre esta novela, donde personajes ficticios viven hechos reales.

A. J. Avilés Zugasti/ Málaga.
Diario Málaga hoy, 13 abril de 2005








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El 6 de febrero  de 1937 las tropas del general Gonzalo Queipo de Llano entraron en Málaga. Alrededor de 100.000 Republicanos huyeron hacia Almería por la ruta de la Costa. Fue la llamada 'desbandá'. "Es lo más cercano a un infierno que he visto", recuerda Salvador Guzmán, superviviente.


"Imaginaos 150.000 hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio, temerosos del ejército nacionalista del general Queipo de Llano. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. La ciudad que buscan es Almería, y hay que andar hasta allí cerca de 200 kilómetros (...) Tienen que caminar mujeres, ancianos y niños... tambaleándose, tropezando, abriéndose los pies en los pedernales polvorientos, mientras que los fascistas los bombardean sin piedad desde los aviones y los cañonean desde el mar".

El testimonio pertenece a la libreta de anotaciones de Norman Bethune, reputado cirujano pulmonar canadiense que acudió a la Guerra Civil española como voluntario del Socorro Rojo. 


Norman Bethune

Su testimonio escrito y las fotos de su ayudante, Hazen Size, es de lo poco que se conserva de uno de los episodios más trágicos, y desconocidos, de la Guerra Civil: la llamada desbandá.

Refugiados malagueños en la carretera Málaga-Almería

Entre 1937 y 1940 se calcula que fusilaron a unas 20.000 personas, miles de ellas se encuentran en las fosas comunes del Cementerio de San Rafael, donde se estima que hay enterrados más de 4.000 cadáveres (se han rescatado 2.800 cuerpos) y están consideradas como unas de las mayores de Europa.

La masacre de la carretera Málaga-Almería (febrero 1937)

El 6 de febrero de 1937 las tropas del general Gonzalo Queipo de Llano llegaron a Málaga. La mayoría de los pueblos de la parte occidental de la provincia ya estaba en manos de Franco, y la única salida que quedaba para los milicianos republicanos, las mujeres, los niños y los ancianos era la ruta de la Costa, un camino que hoy se recuerda como "la carretera de la muerte" (la actual N-340). 

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Por el norte de Málaga llegaban las tropas italianas; por el oeste, el ejército de Queipo de Llano; y por mar, los buques del bando franquista. "Por tierra, mar y aire, las tropas franquistas, apoyadas por italianos y alemanes, atacaron a miles de civiles inocentes", asegura la historiadora de la Universidad de Málaga, Encarna Barranquero, autora del libro Población y Guerra Civil en Málaga: Caída, éxodo y refugio.

Entre 100.000 y 150.000 personas salieron de Málaga hacia Almería por la ruta de la Costa. Saber con precisión cuánta gente murió es imposible, aunque algunas fuentes hablan de entre 5.000 y 7.500 personas. Muchos cadáveres acabaron en fosas comunes o se los llevó el río Guadalfeo. "Sólo en la fosa común del cementerio de San Rafael de Málaga ya se han identificado a más de 4.300 víctimas", señala Andrés Fernández, arqueólogo y responsable científico de las investigaciones en el cementerio de San Rafael.

"Los niños llevaban solamente su pantalón y las niñas su vestido ancho, medio desnudos todos bajo el sol... Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados: niños sin zapatos, con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio... cuatro días perseguidos por los aviones de los bárbaros fascistas, y cuatro noches de caminar en grupo compacto hombres, mujeres, niños, mulas, burros y cabras, tratando de mantenerse juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose en las sombras", prosigue el relato de Bethune.

Refugiados malagueños en la carretera Málaga-Almería



Una de esas niñas que caminaba junto a su familia es Natalia Montasaroa. Tenía 13 años aquel 7 de febrero de 1937. 76 años después, recordaba para Público, con voz temblorosa, lo que vivió durante aquellos días.

"Salimos de Málaga el día 7 a las diez de la noche. Teníamos miedo porque oíamos a Queipo de Llano por la radio, que decía: 'Malagueños, maricones, ponedle pantalones a la luna'. La carretera estaba llena de gente. No se me olvidará nunca una mujer con un niño pequeño en brazos; habían disparado desde el barco un proyectil, y las piedras que saltaron le dieron a la mujer en la cara: ella quedó muerta con el niño en brazos, al que no le pasó nada...", recuerda Natalia, quien en 1937 tenía apenas 13 años.

Refugiados malagueños en la carretera Málaga-Almería

La masacre de la carretera Málaga-Almería (febrero 1937)

Refugiados volviendo a Málaga


La familia de Natalia, no obstante, no llegó nunca a Málaga. El ejército italiano los alcanzó antes. "La cuarta noche de travesía recuerdo que veíamos muchas luces detrás nuestra. Le pregunté a mi padre que qué era y me dijo que se trataría del alumbrado de alguna localidad. No era cierto. Se trataba de los tanques italianos. La gente se escondió en el monte. Desde los tanques disparaban con las ametralladoras a todo lo que se movía. Al día siguiente regresamos al camino, una mujer escondida en la cuneta había sido aplastada por los tanques. Ya no tenía sentido seguir adelante, los nacionales habían cortado la carretera de Motril", asegura.

La masacre de la carretera Málaga-Almería (febrero 1937)

La masacre de la carretera Málaga-Almería (febrero 1937)

No obstante, la peor parte del camino aun no había llegado para la familia de Natalia. A pesar de que ya no corrían el peligro de ser atacados por el ejército italiano, el camino de vuelta a casa dejó marcadas en su retina "lo peor que una persona puede ver".

"Por la carretera vimos muchos muertos: milicianos ahorcados; una familia entera (el padre miliciano, la madre y tres niños) con tiros en la cabeza; muchos prefirieron suicidarse y dar muerte a su familia antes de caer en manos de los nacionales. Cuando llegamos a Málaga a mucha gente la encerraron en un barco que había en el puerto, y a otros muchos los fusilaron", sentencia Natalia.

Hazen Size. Imagen cedida por Jesús Majada


Salvador Guzmán, de 85 años, sí consiguió llegar a Almería con su familia. Su padre, José Guzmán, era el primer teniente de alcalde del ayuntamiento de Coín (Málaga), gobernado por una coalición de PCE y PSOE. Su huida arrancó la madrugada del 7 de febrero. En un coche, "similar al Renault 4-L de los 60", la familia del alcalde de la ciudad y la suya emprendieron un largo camino con destino en Almería. En total, diez personas en un coche de 1937.

"Lo primero que se queda en mi retina sucedió nada más salir de Málaga. En un cruce, vi como un hombre le pegó un tiro en la sien a sus dos hijas, después a su mujer y, por último, a él mismo. Fueron los primeros muertos que vi en mi vida pero, desgraciadamente, no fueron los últimos", recuerda Salvador, que asegura que a lo largo de su travesía su vehículo fue objeto de los disparos de los buques del bando franquista el Cervera y el Canarias.

"Los primeros misiles los tiraron a nuestro coche porque pensarían que éramos tropa. Aquello era lo más cercano al infierno que he visto nunca. Conseguimos refugiarnos en un corte de la carretera. Entonces, vimos a unos paisanos de Coín que también huían. Les dijimos que no pasaran, pero no nos hicieron caso. Vimos como su coche reventaba en cientos de pedazos", asegura Salvador.



Cuatro días después, la familia de Salvador consiguió llegar a Almería. Por el camino quedaron cientos de víctimas. "Vimos como abrieron las compuertas de un pantano llevándose a muchísima gente por delante entre gritos de desesperación de sus familiares", recuerda. La llegada a la capital almeriense, no obstante, no puso fin al peligro.

La aviación italiana estaba esperando a los fugitivos. "Los aviones italianos vinieron todas las noches. Bombardeaban el centro de la ciudad donde había miles de refugiados", relata Salvador, que se encontraba refugiada en la casa de unos amigos de la familia. Las noches de bombardeos sobre la capital de Almería serían los últimos que la familia de Salvador pasara unida. Terminada la guerra su padre fue detenido, humillado públicamente y encarcelado. En 1947, fue fusilado.


El bombardeo sobre Almería fue recogido por el doctor canadiense, quien llegó a la ciudad tras cuatro días trasladando enfermos desde Málaga a la ciudad almeriense. "Cuando aquellas 50.000 personas exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los aeroplanos fascistas, alemanes e italianos, desataron sobre la población un nutrido bombardeo... arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal de Almería, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados. La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían", escribe Norman Bethune en su cuaderno.

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Marcha para conmemorar la huida por la carretera de Almería. | ELMUNDO.es


La dureza de la imagen y la crueldad del destino de los republicanos que huyeron de Málaga llevó a a Bethune, a los supervivientes y a los historiadores contactados por Público, a pensar que la operación de los ejércitos del bando franquista se trataba de un plan organizado de exterminio. "¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento?", se pregunta Bethune en la conclusión de sus escritos. "Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo; moderado paliativo contra la carga aplastante de siglos de codicia del capitalismo", concluye.



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Más:
www.malaga1937.es
www.memoriahistoricamalaga.org
www.foroporlamemoria
Febrero 1937: Memoria de una huida
Wikipedia
La Junta declara Lugar de Memoria el parque de Torre del Mar que recuerda a víctimas de la 'desbandá'
La Memoria Canal Sur
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