Mostrando entradas con la etiqueta PSICOLOGÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PSICOLOGÍA. Mostrar todas las entradas

LA ZONA CEREBRO : Neuroplasticidad.

Aunque todos los cerebros parezcan casi iguales, en realidad están muy lejos de serlo. Es cierto que superficialmente todos comparten una estructura básica y una forma determinada, pero si los examinamos en detalle veremos que todos ellos son increíblemente diferentes; cada uno de ellos contiene circuitos neuronales de formas y distribuciones muy diferentes. 


Además, estas diferencias no se explican por los genes, es decir, no nacemos con ellas y las mantenemos con una forma relativamente estable. En realidad, estos rasgos que hacen de nuestros cerebros algo irrepetible tienen que ver con un hecho que es cierto en todos los casos: cada vida es única, y las experiencias que vivimos hacen que nuestro cerebro cambie físicamente. Este fenómeno se conoce como plasticidad cerebral o neuroplasticidad.

¿Qué es la plasticidad cerebral?

La neuroplasticidad, también conocida como plasticidad cerebral o neuronal, es el concepto que hace referencia al modo en el que nuestro sistema nervioso cambia a partir de su interacción con el entorno. Ni siquiera en el caso de los gemelos monocigóticos esta interacción es idéntica, lo cual significa que cada persona percibe el mundo y actúa sobre él de una manera diferente, dependiendo de la secuencia de contextos que le toque vivir.

Además, la plasticidad neuronal no es algo que tarde mucho en producirse: ocurre de manera constante, en tiempo real, e incluso mientras dormimos. Constantemente estamos recibiendo un torrente de estímulos y estamos emitiendo un flujo constante de acciones que modifican el entorno, y todos estos procesos hacen que nuestro encéfalo se vaya modificando.

Para entenderlo de una manera simple, podemos pensar en aquello a lo que hace referencia el término “plasticidad”. El cerebro, al igual que el plástico, puede adaptarse a prácticamente cualquier molde. Sin embargo, en esta comparación hay que matizar dos cosas. La primera es que la neuroplasticidad depende de la intervención de una inteligencia externa que dirija el proceso de modelado de fuera hacia una finalidad concreta (en el caso del ejemplo, el fabricante de figuras o piezas de plástico), y la segunda es que, a diferencia del plástico, la estructura y la forma de los componentes de nuestro cerebro puede cambiar mucho de manera constante: no solo en una “fase de fabricación”.

¿Cómo ocurre la plasticidad cerebral?

La neuroplasticidad se basa en el modo en el que las neuronas de nuestro sistema nervioso se conectan entre sí. Tal y como descubrió el médico español Santiago Ramón y Cajal, el cerebro no está compuesto por una maraña de células compactadas que forman una sola estructura, sino que son cuerpos microscópicos con autonomía y físicamente separadas las unas de las otras que, van mandándose información sin llegar a unirse entre sí de manera definitiva. Son, en definitiva, individualidades morfológicas.

Cuando un grupo de neuronas se activan a la vez, estas tienden a mandarse información entre sí. Si este patrón de activación se repite con cierta frecuencia, estas neuronas no solo se mandan información, sino que tienden a buscar una unión más intensa con las otras que se activan a la vez, volviéndose más predispuestas a mandarse información entre ellas. Este aumento de la probabilidad de activarse juntas se expresa físicamente en la creación de ramificaciones neuronales más estables que unen a estas células nerviosas y las vuelven físicamente más próximas, lo cual modifica la microestructura del sistema nervioso.

Por ejemplo, si las neuronas que se activan cuando reconocemos los patrones visuales de una tableta de chocolate se "encienden" a la vez que las que se activan cuando experimentamos el sabor de lo dulce, ambos grupos de células nerviosas se conectarán un poco más entre sí, lo cual hará que nuestro cerebro cambie aunque sea un poco.

Lo mismo ocurre con cualquier otra experiencia: aunque no lo notemos, constantemente estamos experimentando vivencias (o, mejor dicho, pequeñas porciones de vivencias) que se dan prácticamente a la vez y que hacen que unas neuronas refuercen más sus lazos y otras debiliten más los suyos. Esto ocurre tanto con las sensaciones como con la evocación de recuerdos y de ideas abstractas; el Efecto Halo puede ser considerado como un ejemplo de esto último.

Una ventaja evolutiva

¿Tiene alguna finalidad esta capacidad de nuestro sistema nervioso a la hora de ser moldeado por nuestras experiencias? En realidad, no; es un simple producto de la evolución que, durante cientos de millones de años, ha ido tallando nuestro encéfalo y haciendo que tenga ciertas propiedades.

En realidad, la plasticidad cerebral es lo opuesto a un diseño creado para alcanzar objetivos concretos, ya que en vez de volver nuestra conducta algo estereotípico y predecible, hace que sea increíblemente compleja, conectada con los múltiples detalles del contexto en el que vivimos y dependiente de nuestras experiencias pasadas. Eso hace que la neuroplasticidad tenga una faceta negativa (la aparición de fobias, traumas, etc.) y otra positiva (nuestra capacidad de aprender de nuestra experiencia y crear formas de pensar complejas y sofisticadas, por ejemplo).

Sin embargo, que la plasticidad cerebral no tenga una finalidad concreta no significa que en el balance de los pros y los contras, los primeros hayan superado a los segundos. La creación de sociedades amplias y muy interconectadas, nuestra capacidad de inventar artefactos y nuevos avances tecnológicos y, por supuesto, la facilidad a la hora de aprender un lenguaje son fenómenos de los que hemos disfrutado gracias a la plasticidad cerebral y que explican buena parte del apabullante éxito evolutivo que, de momento, ha tenido nuestra especie.

La plasticidad cerebral hace que nuestra capacidad de adaptarnos a situaciones cambiantes sea muy alta, ya que podemos lidiar con buena parte de los problemas nuevos ante los cuales la evolución no ha tenido tiempo de generar un mecanismo de adaptación mediante la selección natural. Ante una catástrofe natural, por ejemplo, no hace falta esperar a que las presiones ambientales hagan que unos individuos se reproduzcan más que el resto, haciendo que miles de años después toda la población cuente con una herencia genética apropiada para lidiar con el problema: simplemente, los individuos de unas pocas generaciones aprenden a crear soluciones tecnológicas y sociales que nunca antes habían sido concebidas.

Las implicaciones personales

Más allá de este frío análisis basado en el crecimiento de la población humana, que no tiene por qué corresponderse con el valor personal que le podamos atribuir a la neuroplasticidad, también podríamos decir que buena parte de nuestra capacidad de ser felices depende de esta característica de nuestro sistema nervioso central. 

Sin plasticidad cerebral no podríamos crear ideas abstractas necesarias para generar una memoria autobiográfica que nos permita ser conscientes de nosotros mismos, ni podríamos aprender de nuestros errores ni, en general, disponer de aquello que llamamos "vida mental". La plasticidad cerebral es un componente tan básico del funcionamiento normal de nuestro encéfalo que sin él seríamos lo más parecido a un robot de cadena de montaje que nos pudiésemos imaginar.

Al mismo tiempo, la plasticidad cerebral hace que seamos muy buenos a la hora de desarrollar resiliencia, que es nuestra capacidad de superar situaciones muy duras. Por ejemplo, se sabe que la percepción de bienestar subjetivo no mengua significativamente a medida que envejecemos alejándonos del momento de nuestro nacimiento, lo cual indica que a pesar de todos los golpes que nos puede dar la vida estos no "se acumulan" ni comprometen nuestra felicidad de forma crónica. Este mantenimiento en el nivel de bienestar se produce gracias a la capacidad de nuestras neuronas a la hora de reorganizarse entre ellas del modo más conveniente, incluso cuando la edad hace que muchas de ellas vayan desapareciendo. 

En definitiva, la neuroplasticidad nos permite mantenernos a flote a pesar de las adversidades físicas y emocionales. Aunque muchas veces tendamos a mitificar aquellos aspectos de la mente humana que parecen permanentes, nunca debemos olvidar que cada uno de nosotros somos seres en constante cambio, literalmente; y esto vale también para nuestra psique.




Más:



LA ZONA CEREBRO : Analizador institucional (concepto)

Comencemos con una aclaración: NO CONFUNDAMOS ANALIZADOR CON ANALISTA (POR EJEMPLO UN ANALISTA INSTITUCIONAL O UN PSICOANALISTA). EL ANALIZADOR NO ES UNA PERSONA es aquello que permite indagar, puede ser un acontecimiento, una cosa.


Este concepto surge a partir de los desarrollos en el campo institucional que realizan fundamentalmente los franceses Lapassade, Guattari y Loureau y psicoanalistas institucionalistas argentinos como Bleger, Ulloa, Malfé y otros.

El analizador es un revelador, algo que revela, que hace correr el velo, que quita la máscara de lo oculto, es el indicador de un conflicto, como cuando se dice de un objeto (una ropa o un perfume) que es muy chismoso.

Es como si en las instituciones algo o alguien se va de lengua o de madre, las cosas se salen de su curso: un portero se enferma y falta con demasiada frecuencia, un pizarrón está mal clavado y se cae cada dos por tres, en un estudio de diseño un socio usa la impresora y no repone los cartuchos cada vez que hay una entrega urgente, en un taller de indumentaria los moldes se humedecen por estar mal guardados, un preimpresor se enoja desproporcionadamente con un diseñador que le trae un CD con colores mal formateados, y lo golpea, etc..

¿Qué tienen de común estas situaciones institucionales?: que apuntan a algo problemático no manifiesto, a algo latente que es necesario poner en palabras, aclarar, entender su naturaleza, hacerla consciente. 

Los ejemplos que hemos mencionado son analizadores y para entender que significan los analistas institucionales construyen un dispositivo artificial, los grupos. 

La gente así reunida (generalmente todos los miembros de la institución, empleados y directivos) coordinadas por el analista, analizan los analizadores, tratan de darle sentido a los faltazos del portero. Alguien dirá que ello ocurre porque está muy viejo y se enferma con frecuencia, otro dirá que es porque le adeudan o le pagan mal, otro porque tiene una amante a quien solo puede ver en horarios de trabajo. 

Poco a poco aparecerán otras conexiones, las asociaciones libres: 

¿qué papel juega la gente de recursos humanos y los directivos? ¿porqué no hacen nada y lo toleran tanto? 
¿a quienes otros se les toleran sus transgresiones? 
¿Hay hijos y enterados, empleados favoritos y desfavorecidos?¿quienes son los responsables: todos porque saben algo y se callan, los directivos?. 

En estos grupos algún vocero (al estilo de Pichon Riviere) se expresará, otros se callarán, enmudecerán significativamente. Así surgirán cuestiones referentes al régimen democrático o autoritario del liderazgo organizacional, las diferencias de salario, la orientación empresarial económica de la organización, el modo en que circula el amor o el odio, quizás se ponga en evidencia que hay muchas cosas que no se dicen y se tapan por conveniencia, para no remover el avispero, porque temen, para no “quemarse”, porque “siempre hablan los mismos y después la ligan”, etc. 

A veces los directivos pedagógicos no tienen el verdadero poder si no los dueño$ de la escuela, el instituto terciario o la conducción paralela de la iglesia a la cual están ligados. Hay instituciones educativas que parecen tener clientes en vez de alumnos. Pesa más el poder de algunos padres que el de los docentes. En algunos hospitales se teme a la acción de los gremialistas, una mucama con poder gremial puede más que el director médico.

1. Afirma Georges Lapassade que de este modo, es decir puesto en marcha el dispositivo del análisis institucional mediante este analizador construido que es el grupo, las instituciones comienzan así, a descubrirse en las relaciones que establecen con los analistas y los analizadores. Es una relación, ora de reconocimiento y ayuda, ora, por el contrario, de represión y prohibición. Oposición que funciona como un revelador, como un analizador de nuestra sociedad y sus instituciones.

2. En otro plano nosotros tenemos también analizadores internos. Son aquellos que analizan las impresiones provenientes del organismo mismo (cenestesia, equilibrio, etc.). Pavlov hace referencia a lo olfativo como analizador: todo aparato nervioso de sensibilidad exteroceptiva: los dispositivos receptores periféricos, las vías nerviosas de transmisión y los centros corticales, que son aparatos que proporcionan información analítica sobre los componentes elementales del mundo exterior percibido. La fiebre es un gran analizador al que hay que interrogar: ¿indica una infección? ¿se trata de gripe H1 A1?

3. Un analizador descompone (analiza) la realidad en sus elementos. El análisis es propio del hombre como trabajo del pensamiento, en cambio el analizador es un dispositivo experimental, un intermediario entre el investigador y la realidad. El conocimiento no es inmediato, pasa por la intermediación de dispositivos analizadores. El grupo es un intermediador, un analizador construido, En cambio, la fiebre es un analizador fisiológico natural. 

4. En la práctica institucional, los comunicadores visuales debemos estar atentos a estos indicadores: ¿la falta de reposición de cartuchos es un “simple” olvido de un pobre “despistado”, un acto fallido?. Se trata de no ser ingenuos y complejizar la reflexión acerca de lo que se reitera y perjudica a un costo tan alto. 

Tal vez el cartucho no se repone porque cada vez que hay que hacerlo la “amansadora” para que lo financien es pesada, porque hay que pasar por sufrimientos: el “verdugueo” del jefe que trata de derrochones a los empleados, la posibilidad de que se ponga de manifiesto el uso de algunos para fines privados de la impresora (“Yo no fui”) para compensar el bajo sueldo, etc.

5. Un analista descompone un material para encontrar su sentido oculto. Ese material lo produce el dispositivo analítico como ceremonial de la cura (sueños, asociaciones libres). El analizador es lo que hace surgir el deseo y produce al mismo tiempo su simbolización (por ejemplo en las prácticas psicodramáticas, en las teatralizaciones, en la danza o en la expresión corporal, en el relato de cuentos, etc.).

6. El objeto actual de nuestro trabajo, dice Lapassade, es inventar nuevos analizadores socioanalíticos. Relata una experiencia con un barrendero que manifiesta signos de agresividad y provoca a la gente para que se exprese. Al barrendero se lo emplea como analizador construído, experimental, para la exploración científica. El actor y dramaturgo brasilero Augusto Boaz creaba situaciones artificiales de discusión en los bares para sacar a la gente de la calma indiferencia política.

7. El horario, las aulas, el examen, y el programa son instituciones de la formación educativa.

8. Lapassade dice haber descubierto la importancia de los analizadores sociales. El análisis de los analizadores puede ser un disolvente de las instituciones rígidas, burocráticas, jerarquizadas. Hemos comprobado qué hechos son analizadores, por ejemplo las ocupaciones, los puestos, las funciones, las jerarquías, revelan más y con mayor rapidez y eficacia los oscuros resortes de la autoridad institucional.

9. Los acontecimientos parisinos de mayo del ‘68, las revueltas urbanas como el Rosariazo o el Cordobazo durante el ’69, los saqueos, etc. pasaron a ser un laboratorio histórico, reveladores del deseo colectivo de cambio, analizadores de las instituciones y mostrado como funcional el estado clasista con sus aparatos ideológicos estatales, mejor que todos los análisis teóricos. Por ejemplo el asesinato de Pocho Leprati en Rosario puso de manifiesto algo del carácter del gobierno de Reutemann. 

10. La teoría de los analizadores permite comprender los problemas de la desviación, del descarrío. Los descarriados de las instituciones ponen al descubierto los límites y atolladeros de éstas. Es la institución quien produce sus descarriados. Los educadores no quieren o no pueden escuchar la palabra que desvía y cuando finalmente la oyen, ya es demasiado tarde.

11. Para Remy Hess todo estudio de las instituciones se encuentra, en uno u otro momento, bloqueado por la realidad del analizador. La conquista teórica del analizador necesita que se reúnan las condiciones de posibilidad de un análisis. Todo análisis político, toda reflexión sobre las instituciones no se limita al Estado. Las instituciones atraviesan la cotidianeidad (el oikos, el hogar, la familia, la esclavitud) son las que fundan la ciudad/Estado y deben ponerse en el centro del análisis si deseamos comprender la vida social.

12. La intervención analítica en una institución debe reconocer los analizadores de las instituciones, ubicando dentro del campo de análisis dispositivos que catalicen las significaciones y permiten, primero cercar y luego analizar lo disperso y disimulado en el conjunto del sistema institucional. Ubicar los analizadores ya es parte del análisis.

13. Para Loureau se trata de provocar la institución, de obligarla a hablar.

14. Jules Celma habla del analizador del deseo en las instituciones educativas. Dice que la grosería expresa la supresión del poder lingüístico.




 



Más:

LA ZONA CEREBRO : Neuropolítica

Las neurociencias, en particular las cognitivas, estudian el funcionamiento del cerebro humano y sus relaciones con la conciencia. La neuropolítica se abre paso como una nueva disciplina de las neurociencias (neurobiología, neurología, neurofisiología, o psicología cognitiva…) capaz de comprender cómo actúa el cerebro de los seres humanos en su condición de ciudadanos, electores o activistas frente a los estímulos de la comunicación política, por ejemplo. Nos permite conocerlo mejor, saber cómo funciona, cómo articula sus imágenes, con qué valores, con qué sentimientos y cómo se canalizan sus decisiones. 




Esa es una cuestión clave que debe ocupar más tiempo y energías a todos aquellos que reflexionan sobre la política democrática, sus procesos de renovación y mejora y, en general, para todas las personas interesadas en la múltiple gama de registros de la comunicación política.

El artículo de Marco Iacoboni (Catedrático de Psiquiatría y ciencias del biocomportamiento de la Universidad de California, que dirige el Transcranial Magnetic Stimulation Lab del Ahmanson-Lovelace Brain Mapping Center), This is your brain on politics publicado en The New York Times -y escrito junto a otros autores-, abrió un gran debate académico y politólogo sobre los retos éticos y democráticos de la neurociencia aplicada a la política. La neuroética como tal es un concepto relativamente reciente que empezó a definirse en el Congreso de San Francisco en 2002 (organizado por la Dana Foundation bajo el título Neuroethics: Mapping The Field) como: “el estudio de las cuestiones éticas, legales y sociales que surgen cuando los descubrimientos científicos acerca del cerebro se llevan a la práctica médica, a las interpretaciones legales y a las políticas sanitarias y sociales”. Hablar hoy de neuropolítica es hablar, también, de neuroética.

Estamos, de lleno, en la “Era neurocéntrica” que inauguraba Thomas Willis (padre de la Anatomía Comparada) hace más de tres siglos (1621-1675). Ya hemos aprendido la fuerza cognoscitiva del lenguaje en la política, con los trabajos sobre comunicación política de George Lakoff y la fortaleza de los marcos conceptuales que inhiben y condicionan la razón. Estamos explorando el potencial de la “política de las emociones”, la plasticidad (el cerebro es capaz de cambiar su estructura y su función a través de la actividad y el pensamiento), el rol del inconsciente y la redefinición del concepto de memoria en la toma de decisiones. Y leyendo las aportaciones -entre otros- de Drew Westen, profesor de psicología y psiquiatría de la Universidad de Emory, recogidas en su trabajo “El cerebro político”,  sabemos ya que las razones no siempre dominan la razón. Y que la mejor manera de llegar al cerebro de un elector es a través de su corazón.




2. El cerebro humano, el gran desconocido

Pero, para ello, debemos conocer más y mejor el cerebro de hombres y mujeres, superando algunas reservas y bloqueos a los avances de la ciencia que todavía atemorizan a la política democrática. La desconfianza a lo desconocido se apodera del debate. Y el muro ético, que se eleva como baluarte defensivo a lo nuevo, no siempre nace de la exigencia democrática, sino de la ignorancia.

Estamos, por ejemplo, y gracias a las nuevas técnicas de imagen, retratando y monitorizando el cerebro de tal manera que podemos ver ya cualquier alteración de su corteza o de sus amígdalas. Pronto vamos a discutir si aceptaremos como prueba irrefutable en los tribunales las imágenes de éste mostrándonos cómo se altera con la verdad o la mentira. En algunos casos judiciales concretos ya se han utilizado estas técnicas de neuroimagen para determinar el grado de responsabilidad, ya que se visualiza la estructura y la actividad cerebral de una manera no invasiva, pero teniendo en cuenta que no existen dos cerebros iguales y que no siempre es fácil llegar a conclusiones contundentes… la polémica está servida.

Sabemos, por ejemplo, que las mujeres detectan mejor que los hombres los estados emocionales de sus interlocutores porque sus amígdalas funcionan de manera diferente, lo cual explicaría que ellas sean más empáticas que ellos. ¡Y qué decir de la química! Hemos confirmado la intuición y hemos demostrado que el exceso de testosterona de los varones (mayoritarios en los parqués bursátiles del mundo) puede haber jugado un papel decisivo en el riesgo excesivo e imprudente de los gestores de mercados financieros en la actual crisis, como se demostró recientemente en un artículo publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences. El texto detalla las conclusiones del estudio de las Universidades de Utrech y Cambridge que confirman que los niveles de testosterona afectan –disminuyéndola- directamente la capacidad empática de las personas.

Estamos descubriendo, también, poco a poco, la íntima relación entre el olfato, el desarrollo de nuestro cerebro y la evolución de la especie humana. Podemos afirmar que es este sentido el que nos hizo humanos, o al menos fue decisivo en la evolución de procesos cognitivos como la intuición o la percepción, sin las cuales no seríamos hoy quienes somos.

Sabemos, además, que los condicionantes genéticos son determinantes para la evolución de la inteligencia de las personas, que un cerebro puede ir al máximo de sus posibilidades pero no más allá de su capacidad genética. Así como que la plasticidad de éste en los primeros años de formación y crecimiento es decisiva, en su configuración y potencialidad intelectual y relacional. De ahí, la enorme responsabilidad de la educación social, familiar y reglada.




Tenemos 100.000 millones de neuronas y, cada una de ellas, 1.000 conexiones que forman un circuito determinado. La neurociencia nos indica que lo importante es la configuración de estas conexiones. Su conocimiento es el que nos permite bloquearlas con las sustancias capaces de alterar un circuito. Si se administra a una persona depresiva, por ejemplo, un bloqueante de la recaptación de la serotonina, al día siguiente está como nueva. ¿Lo que es legítimo en un enfermo (el individuo depresivo) lo va a ser, también, en una persona melancólica y triste? Nuestra capacidad de cambiar lo enfermo está en la misma línea que nuestra capacidad para cambiar el carácter, las emociones, las percepciones… y las opiniones. La proximidad de lo aceptable y lo inaceptable se pone en jaque por la posibilidad técnica. Renunciar a lo que no es posible no requiere coraje. Renunciar a lo que es posible es el auténtico desafío.

En los últimos cinco años se ha descubierto más sobre el funcionamiento del cerebro que en toda la historia de la Humanidad. Entender el cerebro es entender el resultado de millones de años de desarrollo evolutivo que, a través de una intensa carga genética, nos hace sentir emociones que nos impulsan a actuar. Cuanto más comprendemos y conocemos nuestro cerebro, más nos comprendemos como individuos y sociedad, y más desafíos –éticos, por ejemplo- se presentan ineludiblemente. Pero no hay vuelta atrás. Estoy convencido que la política democrática saldrá fortalecida (al enriquecer la percepción y el conocimiento de cómo se configuran las opiniones sociales por parte de los individuos) cuanto más conozcamos cómo funciona el cerebro de los electores. Es decir, cómo piensan (o toman decisiones) los ciudadanos y ciudadanas.

3. Pienso lo que siento

La política y la comunicación política pueden y deben encontrar en la neuropolítica mejores oportunidades para conectar y hacer más sólida la relación entre la ciudadanía y nuestros sistemas de representación democrática. Algunas veces nos alertan de que un determiando uso de los conocimientos de la neuropolítica puede tener naturaleza antidemocrática al sustraer la autonomía y libertad del elector, alimentando sus instintos más subconscientes. Pero quizás deberíamos repensar, mejor, cuál debe ser el papel de las emociones y los sentimientos en la configuración del pensamiento y la acción políticas. “Los consultores políticos necesitamos entender qué elementos activan la conducta del votante y qué les lleva a la acción, tanto para sentir empatía por un candidato, como para motivarlos para ir a las urnas. Y todo eso está en el cerebro”, afirma Carlos Andrés Pérez Múnera.  

Y añade: “El mecanismo más influyente para la toma de decisiones es la empatía. En las contiendas no estamos solos, competimos contra otros partidos muy organizados o frente a candidatos que personalizan la política cada vez más y tenemos que aprender que hay procesos fisiológicos que explican la empatía. Esta es la repuesta a la pregunta de por qué algunos votantes dicen que les gusta el candidato X o Y sin tener una razón aparente. Sin embargo, lo difícil no es solo generar ese vínculo, sino explotarlo para que se convierta en respaldo efectivo.”

4. Pienso sin saberlo. Decido sin pensar

Sabemos también que las decisiones “libres” que tomamos en nuestra vida cotidiana tienen que ver en un 80% con la información subconsciente, de una actividad cerebral “anterior”. Decidimos en función de una gran cantidad de información que tenemos en nuestro cerebro… y de la que desconocemos su existencia. De ahí la enorme importancia de la lenta pero determinante construcción de la imagen pública. Hemos hallado que el resultado de una decisión puede ser codificado en actividad cerebral de la corteza prefrontal y parietal hasta 10 segundos antes de hacerse consciente. Esta demora refleja, previsiblemente, el funcionamiento de una red de zonas de control de alto nivel que empiezan a preparar el inicio de una decisión mucho antes de que se produzca. La zona consciente de nuestro cerebro es muy pequeña y la experiencia vital (nuestra escala de valores acumulada) que determina nuestras decisiones (intelectuales, emotivas y racionales) es muy vulnerable a nuestros prejuicios. “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio” decía Albert Einstein. Prejuicios en forma de información previa al juicio, y en forma de juicio previamente instalado antes de enjuiciar una situación.  De ahí su importancia. Información que ya estaba antes… que genera juicio previo insconsciente al razonamiento consciente.

La impresión de que somos capaces de elegir “libremente” entre diferentes modos posibles de actuar es fundamental para nuestra vida mental (y social). Sin embargo, disponemos de abundantes datos que nos llevan a afirmar que esta experiencia subjetiva de libertad no es más que una ilusión y que nuestras acciones son iniciadas por procesos mentales inconscientes mucho antes de que tomemos consciencia de nuestra intención de actuar. La pregunta decisiva es: ¿cuándo, cómo y por qué disponemos de información previa inconsciente que se activa y decide nuestra manera de actuar?

Eduard Punset, en su libro Por qué somos como somos, afirma que en la vida (en nuestras decisiones) recurrimos a intuiciones que requieren mucha menos información de la que creemos. Que tomamos decisiones muy serias e importantes con un gran nivel de exposición a la equivocación. Y que incluso “cuando el cerebro percibe una explicación distinta a lo que él cree no sólo la cuestiona, es que corta los circuitos de comunicación para que no penetre. Por eso no cambiamos de voto”. Es a lo que se llama disonancias. Es decir, nuestro cerebro bloquea la información racional que podría hacernos cambiar de opinión ya que preferimos las convicciones emocionales o morales a las confirmaciones racionales o epistemológicas. Las personas preferimos escuchar lo que queremos escuchar, leer lo que queremos leer, opinar lo que queremos opinar.

El cerebro perezoso

Además, nuestros cerebros se resisten a dar crédito a la verdad, asiéndose en el terreno de las convicciones y de las emociones como la mejor arquitectura para la toma de decisiones y como bastión irreductible de las opiniones.

“Buscar la verdad es complejo, es más sencillo validar una opinión previa” afirma el consultor político Daniel Eskibel. Nuestro cerebro detesta el conflicto interno, por eso se refugia y valida toda la información anterior que refuerce el apriorismo instalado.  A su vez, José Antonio Marina, en su libro La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez, señala cuatro tipos de fracaso de nuestra inteligencia: cognitivos, afectivos, de lenguaje y de la voluntad. “Los fracasos cognitivos provienen del empeño que tenemos muchas veces las personas de negar la realidad. Los prejuicios, la superstición, el dogmatismo, el fanatismo son formas de pensamiento que niegan la realidad, que evitan la aceptación de las evidencias que se nos presentan”. Algunas de estas creencias son conscientes, pero la mayoría son inconscientes e influyen poderosamente en nuestras emociones y decisiones.

Y todavía más. Ted Brader, autor de la “Teoría de la Inteligencia Afectiva”, afirma que “las emociones tienden a anticiparse para definir las decisiones políticas de las personas, y las emociones positivas liberan el camino para el ingreso de mensajes que confirmen las ideas preconcebidas, mientras que las negativas parecen conducir a la reflexión, aunque no modifiquen el sistema de creencias previas”.

5. Pienso lo que imito

Frans de Waal, nombrado por la revista Time como una de las cien personas más influyentes del mundo en 2007, es un profesor e investigador holandés especializado en psicología, primatología y etología. En su libro Nuestro mono interno, examina el comportamiento humano a través de los ojos de un primatólogo, usando el comportamiento de chimpancés y de bonobos comunes como metáforas para la psicología humana. Y concluye destacando que la empatía es un proceso social de relación, imitación e integración en comunidad. Y que los primates cuando detectan algún tipo de inequidad en el grupo no la toleran y reaccionan furiosos.

Pensar es, pues, una realidad social. Pienso lo que imito, e imito lo mayoritario, lo que me integra. “El cerebro que actúa es un cerebro que comprende. Se trata de una comprensión pragmática, preconceptual y prelinguística, pero no por ello menos importante, pues sobre ella descansan muchas de nuestras ponderadas capacidades cognitivas.”

6. Final

En lugar de presentar las emociones como un conflicto frontal, -y un fracaso de la racionalidad-, la oferta política debería comprender las relaciones de complementariedad entre lo cognitivo, lo emocional, lo vivencial y el aprendizaje como un conjunto inseparable de la naturaleza humana… y del cerebro humano. Y de la política. La neuropolítica no es una amenaza a la política democrática, racional. Amplía lo que entendemos por racional. Esa es la clave. No es opuesto. Es complementario.

Conocer el cerebro y su funcionamiento debería ser “asignatura” obligada para nuestros representantes políticos. E inexcusable para los consultores y asesores de comunicación. Además, la tecnología social que nos envuelve nos abre nuevas fronteras para la neuropolítica. La neuroinformación, por ejemplo, busca aportar los conocimientos de las Ciencias de la Información en técnicas de visualización de datos, recuperación de información, gestión de ficheros, mejora de la calidad y usabilidad de documentos al campo de la neurociencia. Así, por ejemplo, se está demostrado que las personas acceden al conocimiento por asociaciones, y se ve necesario diseñar interfaces y entornos digitales que accedan a la información -que la muestren, la sugieran- de la misma forma.

El reto es apasionante. Lo que conocemos ya del cerebro es una parte todavía muy pequeña de lo que conoceremos. Pero ya podemos afirmar que existe una íntima relación entre lo que pensamos, sentimos, vivimos e imitamos. Y que no siempre lo sabemos a nivel consciente, aunque sea decisivo en el momento de pensar y actuar. El voto, como cualquier otra manifestación de la vida política y pública, debe ser siempre reflexivo. Lo nuevo, o mejor dicho, lo que sabemos ahora a ciencia cierta, es que no hay reflexión sin emoción.

“Mientras el cerebro sea un misterio, el universo continuará siendo un misterio.”

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). Médico español, especializado en histología y anátomo-patología microscópica. Obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1906 por descubrir los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas, una nueva y revolucionaria teoría que empezó a ser llamada la «doctrina de la neurona», basada en que el tejido cerebral está compuesto por células individuales.












«El lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades, el asesinato una acción respetable y para dar al viento apariencia de solidez.»



Más:
Antoni Gutiérrez-Rubí, para la Revista de la Fundación Rafael Campalans (Noviembre 2009)
Antoni Gutiérrez-Rubí, para la revista “Ejecutivos” (Julio 2010)
Rodrigo Sosa, para la Revista “El Molinillo” de la ACOP (Noviembre 2011)
Silvia Damiano, para www.silviadamiano.com (Marzo 2011)
- La revolución del inconsciente (José Antonio Marina. El Mundo.es, 25.06.2014)
- Un año dentro del cerebro (proyecto BRAIN de EE UU). (Manuel Ansede. EL País, 2.07.2015)








LA ZONA DEL PENSAMIENTO : El dogma.

El sistema dominante es un dogma, que no se cuestiona ni se discute... un conjunto de valores y reglas establecidas (y aprendidas) como la "vida normal", que se debe respetar como si fuera una religión. 

Nadie puede cuestionar sus fines, o sus emergentes sociales en la mente, en la psicología, y en la conciencia humana. Sus mandatos y reglas son ley. 

Quién no las respete, terminará indefectiblemente calificado con un rótulo de "psicópata". Internado en el manicomio, excluido del mundo de los "normales", o con sus huesos en una prisión. 

El sistema es una ideología, la más cruel y criminal de las ideologías que mata sin piedad, a la inteligencia libre y al razonamiento humano basado en la comprensión del mundo.



Manuel Freytas

LA ZONA DEL PENSAMIENTO : Por la espalda.

Si te crees que los malos son exclusivamente los violentos y maleducados que levantan la voz, y que los buenos son exclusivamente los amables y educados que te hablan en un susurro, lo más probable es que un día te maten por la espalda. Y jamás te enteres que te mataron.





LA ZONA DEL PENSAMIENTO : La “otra” clase.

El Diccionario de la lengua española la describe en su octava definición como: “Distinción y categoría”. En otras definiciones se la describe con tres particularidades por la que se distingue a la persona; saber estar, saber hablar y saber actuar. Llegados a este punto, cabría decir que con estos ingredientes podemos desarrollar nuestro propósito sea cual sea, dentro de un margen en el que la libertad de expresión es respetada recíprocamente.


Sabemos nuestro propósito y cuál es nuestra meta. Por tanto, sabemos que, aunque no estemos donde realmente queremos, desde un principio, estamos donde queremos, desde el momento en el que nos ubicamos mentalmente y nos concienciamos de que debemos “estar” el tiempo estrictamente necesario.

Sabemos que podemos articular nuestro lenguaje con la fluidez que nos caracteriza y nuestro dialecto sin adornos, según nuestra personalidad. Estando perfectamente seguros de que son las palabras adecuadas al momento elegido y adaptándolas al lugar sin que haya interferencias por parte de terceros. Y, evitando que estas impidan el que nos expresemos en los términos que consideramos son los adecuados para nuestro propósito.

La sobreactuación no está descartada, siempre que no caigamos en la fácil trampa de la calumnia, pues la verdad debe ser una regla indispensable que forme parte de nuestros argumentos. La expresividad por la que nos caracterizamos embellece y decora nuestras formas.

Con esto, nuestra expresividad, nuestro diálogo, idioma y personalidad, se desarrollarían sin que hayamos infringido ninguna regla, norma, conducta o ley. El resultado queda relegado al tamiz de estos tres pilares.

Nuestra elegancia y “clase” para designar, comentar, calificar, etc “embadurnada” de tan decoroso ungüento, hace que ilustres personas doctas en el don del buen verbo, aplaudan nuestro embellecedor decoro con el que incluso, manifestar pareceres u opiniones con los que el contrario pueda darse por ofendido u dolido.

El exquisito “glamour” con el que clavar el aguijón del verbo salpicado de un aliento fresco y dulce sin mancha e inmaculado, hace de la odisea toda una tentación semejante a la que nos invita a degustar un rico manjar.

Nuestra conducta queda relegada al juicio justo de quienes laboran artesanalmente la palabra decorándola y embelleciéndola para que su sabor no sea agridulce, ni mal oliente, ni despreciable; sino brillante, original e impoluto, mientras destrozamos las entrañas de quienes esperan el golpe; la sangre; la amenaza o la ira.

La calma y la templanza del verbo rebosante de conocimiento y sabiduría que “aniquila” sin dejar huella o salpicadura, solo puede ser equiparable a ese dardo invisible y silencioso que hace diana, impulsado por una suave brisa hacia su objetivo. 

Los indefensos receptores de tan inusual forma de acoso moral, por medio del cual, claudicar ante un supuesto enemigo armado con señales punzantes e invisibles, permanecen absortos cual si presenciaran una lluvia de perséidas, quedando a la espera de un cambio de táctica, por parte del contrario, más ortodoxa, más vulgar y sanguinaria.  

La regla no lo permite. Y el artesano de la palabra confeccionará su red con la misma aguja hasta el final. Impidiendo que su disciplina sea mancillada, menospreciada e infravalorada porque esta posee las propiedades más afortunadas. 


Anónimo.

Más:



LA ZONA DEL PENSAMIENTO : El arte de fracasar.

Si hay una habilidad que no se enfatiza mucho, pero que realmente es necesaria,  consiste en saber cómo fracasar. Hay una cita de Samuel Beckett que dice “Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”. Esta cita es lo que más te va ayudar el próximo año, en los próximos diez años, en los próximos veinte años, por el resto de tu vida, hasta que te mueras.

Pema Chodron

Hay mucho énfasis en ser exitosos. Todos queremos ser exitosos, sobre todo si entendemos el éxito como el que las cosas salgan como queremos. Fallar es aquello para lo cual usualmente no recibimos mucha preparación.

Así que, ¿Cómo fracasar?

Usualmente entendemos el fracaso como algo que nos sucede desde afuera: no podemos tener una buena relación de pareja o estamos en una relación que termina de manera dolorosa; no podemos conseguir un trabajo o nos despiden de nuestro trabajo; y un sinnúmero de maneras en que las cosas no son tal y como queremos que sean.

Usualmente hay dos maneras para lidiar con esta situación. La primera consiste en echarle la culpa a los otros, a nuestro jefe, nuestra pareja, a quien sea. La segunda consiste en sentirnos tremendamente mal acerca de nosotros mismos y etiquetarnos como fracasados.

Es en este punto donde necesitamos mucha ayuda: este sentimiento de que hay algo fundamentalmente mal en nosotros, de que somos un fracaso porque la relación o el trabajo o lo que sea que no resultó, oportunidades perdidas, algo que nos salió mal,  angustias de todo tipo.

Una de las maneras de ayudarte consiste en comenzar a cuestionar qué es lo que está sucediendo realmente cuando sientes que fallas en algo.

Alguien me dio una cita del libro Ulises en la que James Joyce escribe sobre cómo un fracaso puede conducir a un descubrimiento. De hecho, él no utiliza la palabra fracaso, sino la palabra error, y dice que los errores pueden ser portales de descubrimiento.

Puede ser difícil distinguir entre un fracaso y algo que simplemente está cambiando el rumbo de tu vida. En otras palabras, un fracaso puede ser el portal hacia la creatividad, el aprendizaje de algo nuevo, el desarrollo de una nueva perspectiva.

Me usaré como ejemplo. El peor momento de mi vida fue cuando me sentí como un fracaso total, y esto tenía que ver con el fin de mi segundo matrimonio. Nunca había experimentado semejante vulnerabilidad y dolor como en esa experiencia de quedarme sin lugar donde pararme, como si alguien hubiese tirado de la alfombra súbitamente. Y realmente me sentí mal conmigo misma.

Ani Pema Chodron con su nieta Alejandría Bull.

Me tomó tres años hacer la transición entre querer volver al suelo sólido de lo que conocía previamente y tener la voluntad de seguir adelante hacia una nueva vida. Pero cuando lo hice, la experiencia se transformó en un sentido de bienestar profundo. ¡También me llevó a convertirme en una escritora muy leída!

A veces experimentas tus expectativas fallidas como una decepción y un fracaso, y a veces sientes rabia. Pero en ese momento, en vez de caer en el hábito de rotularte como “fracasado” o “perdedor” o pensar que hay algo esencialmente malo en ti, puedes cultivar tu curiosidad hacia lo que está ocurriendo. Simplemente recuerda que nunca sabes hacia dónde te llevará una experiencia.

Desarrollar la curiosidad sobre las circunstancias externas y cómo te están influyendo, notar las palabras que salen de tu boca y cómo es tu diálogo interno es la clave.

Si te dices a ti mismo a menudo: “Soy malo, soy terrible”, simplemente nótalo y suaviza un poco. Puedes decir, por ejemplo:  “¿Qué estoy sintiendo? Quizá lo que está pasando no es que yo sea un fracaso—quizá simplemente estoy sufriendo”.

Esto es lo que los seres humanos han sentido desde el inicio de los tiempos. Si quieres ser un ser humano completo, si quieres ser auténtico y abrazar la totalidad de tu vida en tu corazón, entonces un fracaso es la oportunidad de desarrollar tu curiosidad sobre lo que está ocurriendo y escuchar las historias que surgen. No te creas las historias que culpen a los demás, ni tampoco te creas las historias que te echan la culpa a ti mismo.

Esta es la cuestión: He estado en ese espacio de sentirme un fracaso un montón de veces, y solía ser como todos los demás cuando estaba en ello. Simplemente me cerraba y no había conciencia ni curiosidad.

Desde ese espacio de fracaso pueden surgir adicciones de todo tipo—adicciones porque no queremos sentirlo, porque deseamos escapar, porque queremos anestesiarnos. Desde ese espacio puede surgir la agresión y la violencia. Desde ese espacio pueden surgir muchas cosas feas.

Solía arrastrar mucha reactividad habitual tratando de salir de ese espacio interior. Luego, al pasar los años (y la meditación jugó un rol importante en esto), empecé a llegar al  lugar en que efectivamente podía tener curiosidad en ese espacio que podríamos llamar fracaso—ese sentimiento visceral y crudo de haber metido la pata, de haberte equivocado o haber herido los sentimientos de alguien.

Y puedo decirte que este mismo espacio desde donde emergen las mejores cualidades humanas, como la valentía. la amabilidad, la capacidad de extender una mano y cuidarnos los unos a los otros. Aquí es donde la comunicación real  con los demás comienza a ocurrir, porque es un espacio muy amplio y vulnerable en donde puedes ir más allá de la culpa y simplemente sentir la cualidad sangrante y tierna de la situación.

Es en este espacio donde la mejor parte de nosotros mismos sale a la luz. Cuando no estamos enmascarándonos o tratando de que las circunstancias desaparezcan y donde nuestras mejores cualidades comienzan a brillar.

Pema Chödrön es una monja estadounidense en la tradición Budista Tibetana, es autora de numerosos libros y es maestra en el linaje Shambhala. Ella es maestra residente en Gampo Abbey, un monasterio en la isla Cape Breton, Nueva Escocia, Canadá.

Discurso de apertura y ceremonia de graduación de la Universidad de Naropa en mayo de 2014 a cargo de Pema Chodron.  

Foto de Cliff Grassmick.