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LA ZONA TECNO : Lo que nunca te contaron de sus Centros de Datos

 
  
 
NO existe la "Nube" toda la información se almacena en Tierra.
Cuando aprendes que NO puedes beber Datos.
NO son para mejorar la tecnología, son para acrecentar la vigilancia masiva.
 
  
 
 
                               "El Agua NO es un derecho humano y debe tener un valor en el  mercado". 
                                                                    CEO de Nestlé, Peter Brabeck-Letmathe.                  
                                                                                                                                                                                                                                                                     
                                                                           
 
El auge de la inteligencia artificial y la "nube" han disparado la construcción de centros de datos, generando una fuerte polémica por su enorme impacto ambiental, su exigencia de recursos principalmente agua) y las dudas sobre su verdadera aportación económica local. 

Los centros de datos han pasado de ser infraestructura digital invisible a convertirse en el centro de debates geopolíticos y el origen de diversas teorías relacionadas con el auge de la inteligencia artificial (IA), el control tecnológico y la vigilancia extrema.
 
El debate sobre la privacidad frente a la seguridad nacional sigue activo. Organizaciones de derechos digitales como la Electronic Frontier Foundation o la ACLU (American Civil Liberties Union), monitorean y desafían constantemente los programas de vigilancia masiva, argumentando que vulneran derechos fundamentales. 
 
Los Centros de Datos repartidos por Estados Unidos, Europa y Asia almacenan cantidades inimaginables de información cada segundo. Mensajes, llamadas búsquedas, compras, rostros, hábitos y patrones de comportamiento quedan registrados dentro de gigantescas infraestructuras digitales capaces de analizar millones de vidas simultáneamente. 
 
Bajo la superficie emerge una realidad inquietante: la privacidad dejó de ser un derecho y comenzó a convertirse en una ilusión.
 
Las filtraciones de Edward Snowden mostraron que agencias como la NSA (Agencia de "Seguridad" Nacional),   ya tenían acceso masivo a comunicaciones globales mucho antes de que el público lo sospechara.

Después aparecieron sistemas de reconocimiento facial, inteligencia artificial predictiva y algoritmos capaces de anticipar comportamientos humanos utilizando datos recopilados constantemente desde teléfonos, cámaras y plataformas digitales.

Google, Meta, Amazon, Microsoft y otras corporaciones tecnológicas acumularon más información sobre las personas que muchos gobiernos en toda la historia. 

Lo perturbador es que el verdadero poder no está solamente en observar...  sino en predecir y moldear decisiones humanas; (publicidad personalizada, manipulación emocional y censura algorítmica comenzaron a formar parte de una nueva arquitectura de control invisible).

Ni George Orwell imaginó en 1984 un mundo donde "el Gran Hermano" vigilaría permanentemente a la población de esta manera...
 
 1984 (edición ilustrada)  (Tapa dura) 1

La industria tecnológica, por su parte, suele enfatizar que coopera con las autoridades únicamente bajo mandatos judiciales y mantiene estrictos protocolos de cifrado y seguridad en sus instalaciones.

¿ Les creemos ???  

Estados Unidos (como Europa, China y los gigantes de Oriente Medio) están en plena carrera inmobiliaria: la de los centros de datos. Nadie quiere quedarse atrás en la carrera de la IA y  para eso, necesitan gigantescos recintos en los que entrenarla. 
 
El gran problema es que esas instalaciones consumen una exagerada cantidad de energía, y ahí China parece llevar la voz cantante frente a un Estados Unidos que no tiene la mejor cara. De hecho, se estima que la mitad de sus centros de datos previstos para 2027 se retrasarán o cancelarán... Y es algo que no se pueden permitir.

No es un problema de dinero;  Meta, Amazon, Microsoft y Google se van a fundir para este proposito;  destinaran más de 650.000 millones de dólares este año para construir infraestructura de inteligencia artificial. Para ponerlo en contexto, es más de lo que costó el programa Apolo que "llevó" 😉 🤣 a la Luna por primera vez o a la gran expansión ferroviaria del siglo XIX.

Es el capital privado el que está realizando la inversión, (según ellos, pero sabemos que es dinero tomado de los impuestos cobrados al pueblo);  y aunque "según",  el Estado no paga la factura principal;   SI,  facilita operaciones e influye en el ritmo y despliegue de los masivos centros de datos mediante decisiones regulatorias, concesión de permisos y planificación energética. Y esto último es vital.

Esta tecnología necesita mucha energía y, además, constante, lo que está provocando que haya colapsos en la red.

La estimación es que el consumo de energía de estos centros de datos aumentará un 175% de aquí a 2030. Y no sólo el consumo: las emisiones contaminantes; por mencionar un ejemplo,  Google ha subido un 48%  su "foot print/huella de contaminación', en el último lustro y  Microsoft otro 31%.  Y "según" eran dos de las compañías más comprometidas con el ‘net zero’ para 2050. 
 
RESUMIENDO:

1.-  Consumo masivo de energía

●   El problema: 

La infraestructura requiere cantidades inmensas de electricidad ininterrumpida. Por ejemplo, proyectos masivos como "Stratos" en Utah demandan más del doble de la energía que consume todo el estado en la actualidad. 

●   Controversia: 

Para satisfacer esta demanda, a menudo se recurre a combustibles fósiles, lo que frustra los objetivos climáticos y amenaza con subir las tarifas eléctricas para los ciudadanos locales.
 
2.-  Acaparamiento de agua

●   El problema: 

Los servidores generan un calor extremo y necesitan millones de litros de agua diarios para su refrigeración y regulación térmica.

●   Controversia: 

Su uso intensivo drena los suministros municipales locales, lo que genera protestas ciudadanas por la escasez hídrica y el daño a los ecosistemas cercanos, como ocurre en regiones de  Europa, América Latina y Estados Unidos. 

3.-   Falsas promesas de empleo

●   El problema: 

Para atraer estas instalaciones, los gobiernos suelen otorgar millones de dólares en exenciones de impuestos y subsidios.

●   Controversia: 

A pesar de ocupar decenas de miles de metros cuadrados, un centro de datos suele generar entre 10 y 100 empleos directos, una cantidad minúscula si se compara con el gran espacio físico que ocupan o con una típica tienda minorista. 
 
4.-  Contaminación acústica

●   El problema: 

Los sistemas de refrigeración industrial y los ventiladores masivos operan de forma continua.

●   Controversia: 

Residentes y grupos ecologistas denuncian un fuerte impacto negativo en la fauna local y contaminación acústica constante para las comunidades vecinas.

 EN  CONCLUSIÓN:

La crisis de los centros de datos radica en una paradoja insostenible: el auge de la inteligencia artificial exige una infraestructura física colosal, pero se topa con límites críticos en las redes eléctricas, escasez de agua y tensiones geopolíticas.

El crecimiento de la era digital no podrá sostenerse simplemente invirtiendo en software y algoritmos. El éxito del sector dependerá de una planificación territorial estratégica y de una transición hacia fuentes de energía limpia, refrigeración líquida de circuito cerrado y centros de datos modulares.

Es indispensable lograr un equilibrio que garantice tanto el progreso tecnológico como la preservación de los recursos naturales y la estabilidad de las comunidades.

La infraestructura tecnológica actual permite la recolección de cantidades masivas de datos. Los centros de datos operados por corporaciones tecnológicas y agencias de inteligencia almacenan y procesan comunicaciones globales. 

Históricamente, programas de vigilancia gubernamental (como PRISM) han accedido a servidores corporativos para extraer datos. 
 
 
 A.d. Ryan
 
 
 
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LA ZONA ECOLÓGICA : “No hay ninguna emergencia climática”.


Una red global de 500 científicos y profesionales pertenecientes a más de 20 países de todo el mundo ha hecho llegar un manifiesto urgente al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, con un único mensaje: “No hay ninguna emergencia climática”.


Los firmantes del texto, en su mayor parte destacados científicos de Francia, Australia, Estados Unidos y Alemania, señalan en su carta que “la ciencia del clima debería ser menos política y las políticas climáticas deberían ser más científicas”. En su opinión, “los científicos deben reflexionar abiertamente sobre las incertidumbres y exageraciones en sus predicciones del calentamiento global, mientras que los políticos deben contar desapasionadamente los beneficios reales, así como los costos imaginados, de la adaptación al calentamiento global, y los costos reales, así como los beneficios imaginados, de su mitigación”.

En su misiva a la ONU, los expertos explican que “el archivo geológico revela que el clima de la Tierra ha variado” en numerosas ocasiones desde que existe el planeta, con fases más frías y más calientes. “Lo que conocemos como la ‘pequeña Edad de Hielo’ terminó en unas fechas tan recientes como la mitad del siglo XIX y, por lo tanto, no sorprende que ahora estemos experimentando un período de calentamiento”. De hecho, sigue diciendo el documento titulado No hay emergencia climática, “solo unos pocos artículos revisados ​​por pares llegan incluso a decir que el calentamiento reciente es principalmente antropogénico”.

António Guterres

Los autores del documento afirman rotundamente que el calentamiento es mucho más lento de lo previsto y que la política climática se basa en modelos inadecuados. “Los modelos climáticos tienen muchas deficiencias y no son remotamente plausibles como herramientas de hacer política. Además, lo más probable es que exageren el efecto de los gases de efecto invernadero como el CO2 e ignoran, por otro lado, el hecho de que enriquecer la atmósfera con CO2 es beneficioso”.



En este sentido, el panel de 500 científicos recuerda que “el CO2 no es un contaminante. Es esencial para toda la vida en la Tierra. La fotosíntesis es una bendición. Más CO2 es beneficioso para la naturaleza, ecologizando la Tierra: el CO2 adicional en el aire ha promovido el crecimiento de la biomasa vegetal global. También es bueno para la agricultura, aumentando los rendimientos de los cultivos en todo el mundo”.

“No, el calentamiento global no ha aumentado los desastres naturales”, afirman en su comunicado. “No hay evidencia estadística de que el calentamiento global esté intensificando huracanes, inundaciones, sequías y otros desastres naturales similares, o haciéndolos más frecuentes. Sin embargo, las medidas de mitigación de CO2 son tan perjudiciales como costosas. Por ejemplo, las turbinas eólicas matan pájaros e insectos, y las plantaciones de aceite de palma destruyen la biodiversidad de las selvas tropicales”.



Los científicos citados concluyen advirtiendo a la ONU de que el objetivo de la política internacional debe ser proporcionar energía confiable y asequible en todo momento y a todo el mundo, y que la política climática debe respetar las realidades científicas y económicas. “No hay emergencia climática. Por lo tanto, no hay hay motivos para el pánico o la alarma. Nos oponemos firmemente a la política dañina y poco realista de cero CO2 propuesta para 2050”.







LA POSDATA

Este novedoso acontecimiento en el que se implica inexorablemente, al 9º secretario general de la ONU, marca un antes y un después en la controvertida y fraudulenta política de cambio climático que avanza, arrasando a su paso, a todo aquello que se mueva a contracorriente en un juego en el que la norma es derribar al contrario que, en este caso, es aquel que exponga la verdad y el trasfondo político-mafioso de un entramado en el que sus promotores, no dudarán en justificar las opiniones y los informes que disienten, bajo la premisa de que sus autores responden a intereses creados.


































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LA ZONA ECOLÓGICA : Por qué no funciona la política contra el cambio climático (y por qué nunca cambiará).

cuánto tiempo hace falta para declarar una política fracasada? En diciembre de 1997, hace ya más de dos décadas, se firmó el Protocolo de Kioto. Y no hay más que echar un vistazo a las webs de ecologistas, gobiernos y organismos internacionales para comprobar que ni siquiera sus promotores están contentos con los resultados. Ni en términos de emisiones ni por la evolución de las temperaturas. El catastrofismo climático es más vehemente que nunca.


Sin embargo, nadie se plantea un cambio real. Aunque reconocen que, a pesar de su coste, de la presión ejercida, de los miles de campañas, de las manifestaciones y los mensajes, no se han logrado los objetivos. Éste podría ser un buen punto de partida para intentar algo diferente. Pero no. Las recetas que se implantaron hace más de 20 años (grandes cumbres por el clima en las que se acuerdan objetivos de reducción de emisiones y cuotas para cada país) siguen siendo las mismas que en aquel momento.

De hecho, los mensajes se radicalizan. Unos hablan de la raza humana como de una plaga que se hubiera posado sobre el planeta. Otros exigen que acabemos con nuestro modo de vida: por ejemplo, dejando de comer carne, una de las razones que están detrás del aumento de la esperanza de vida y la mejora de nuestra salud en los últimos 150 años. Y la mayoría nos alertan sobre un planeta irrespirable, en el que no podremos vivir en apenas unas décadas.

Pero aquí no vamos a hablar de clima, porque para eso ya están los expertos (por ejemplo, aquí Luis I. Gómez, aplicando la sensatez que le caracteriza), sino de economía. Porque en este tema hay dos debates que se mezclan: el climático (si la temperatura ha subido mucho o no en el último siglo, si es peligroso, si es culpa del ser humano, si se mantendrá la tendencia en el futuro, hasta dónde subirán esas temperaturas…) y el económico. Pero uno y otro son totalmente diferentes. Ése es el primer error de aquellos que se declaran muy preocupados por el calentamiento global: pensar que lo único que necesitan es convencer a todo el mundo de que el planeta se calienta y de que esto es peligroso. Eso ya lo han conseguido. Buena parte de la población les ha comprado el razonamiento. Y, sin embargo, siguen igual de lejos, si no más, de lograr sus objetivos declarados (reducir las emisiones).

En este artículo partiremos del presupuesto más verde posible: hay que cumplir sí o sí con los compromisos de Kioto y París; todos los países deben hacerlo; y, si no lo conseguimos, las consecuencias para el planeta serán catastróficas. El problema es que, incluso si asumimos esa postura, quedan demasiadas preguntas sin respuesta:


1. ¿Cómo puede ser que todavía haya escépticos?

La cuestión climática es compleja. La gran mayoría de la población no tiene la preparación ni los conocimientos para adentrarse por su cuenta en este tema. Lo normal es que crean lo que les dicen los expertos y los organismos. Y sin embargo, aunque la versión oficial sobre el cambio climático y el calentamiento global es mayoritaria, sigue habiendo un buen número de escépticos que no terminan de creerse las cifras. ¿Por qué? Pues porque los oficialistas se lo están ganando a pulso.

En primer lugar, haciendo predicciones muy concretas que luego no se cumplen. A mediados de los 70 hablaban de una nueva edad de hielo. Luego del ozono. Más tarde de la desertificación (en los años ochenta había libros de texto en los que se decía que la mayor parte de España sería como Almería en 25-30 años… en un momento en el que crecía la masa forestal de nuestro país). Parece que la estrategia es cuanto más catastrofismo, mejor; lo que sea para concienciar al ciudadano medio (al que se considera medio idiota – medio irresponsable).

Y por supuesto, no podemos obviar la sensación de que estamos ante un dogma incontrovertible (en todo, en lo que hace referencia al clima y a cualquier cuestión relacionada). Así, cualquier científico, político o periodista que haga el más mínimo matiz, a la hoguera. Es lo contrario del método científico (que debería estar guiado por la búsqueda de la verdad y la puesta en cuestión del saber establecido), pero es lo que predomina. Se premia con muy buenos sueldos, puestos, subvenciones y ayudas a cualquiera que publique un paper, no importa lo que diga, que confirme los peores datos. A cambio, se amenaza con la expulsión de la ciencia respetable no ya al que niegue el calentamiento, sino al que intente introducir cualquier apunte que chirríe con el relato dominante. Así, los incentivos son perversos. Y es lógico que en un entorno como éste, sean muchos los que dudan de la versión oficial.

Porque además, tienes que comulgar con todo. Con lo que dicen del pasado (aquí se podrían cuestionar algunos datos, pero debería haber un cierto acuerdo) y con lo que pronostican para el futuro (mucho más susceptible a la crítica); con lo que tiene que ver con el clima, pero también con las propuestas energéticas, económicas o sociales. O compras todo el paquete, o estás fuera, eres un "negacionista".

2. Por qué no funcionan acuerdos como Kioto o París

Porque es imposible que lo hagan. Por lo mismo por lo que todos cuidamos más el jardín de nuestra casa que el parque que hay enfrente. Porque los incentivos son horribles y porque no tienen en cuenta cómo es el ser humano (desde el votante medio a los políticos que firman, pomposamente, los acuerdos).

Para que estos pactos salgan bien, lo primero que tiene que ocurrir es que todos cumplan y desde el principio. Pero reducir las emisiones a pelo, como plantean los documentos, es doloroso, puede costar crecimiento y respaldo electoral (o popular, en el caso de dictaduras). El votante puede ser sensible a la retórica verde, pero si pierde su empleo porque la fábrica en la que trabaja tiene costes energéticos más elevados, no será tan fácil explicarle lo del cambio climático. Por eso es tan complicado aprobar medidas de este tipo, te las creas o no. Sólo si todos lo hacen a la vez, hay una mínima posibilidad de éxito.

El problema es que esto es imposible. Incluso aunque estés convencido de que la Tierra está en peligro. Todos los países, regiones, sectores económicos o empresas tienen un incentivo a mentir y no tomar medidas al respecto. Es parecido al clásico dilema de la sobreexplotación de los bienes comunales:

Hay unos pastos en un pueblo
Cada ganadero lleva allí sus vacas
Todos saben que para mantener los pastos hay que limitar su consumo
Pero todos piensan: "Si sólo yo me excedo, no pasa nada. Un poco más no va a acabar con los pastos"
Y todos piensan: "Si los demás piensan como yo y consumen un poco más de lo que les toca, me quedaré sin nada. Seré el único tonto que cumplirá con el acuerdo. Pues me aprovecho todo lo que pueda porque los demás también lo harán"
Y al final todos acaban explotando el pasto al máximo

Es la tragedia de los comunes. Y no hay un común más evidente que el planeta Tierra. Por eso, incluso aunque todos sus habitantes se concienciasen del supuesto problema (y está muy lejos el día que eso ocurra) es muy complicado que modifiquen sus actuales patrones de consumo, transporte o energía basándose en un beneficio futuro incierto, poco tangible y en el que su contribución concreta es marginal (que yo encienda o no el aire acondicionado esta tarde no tendrá ningún impacto en el clima del futuro).

Elinor Ostrom

Elinor Ostrom, una de las economistas más interesantes del siglo XX, ya explicó que los comunes no tenían que estar condenados. De hecho, analizó cómo, en muchas ocasiones, la propiedad comunal es mejor, más eficiente y productiva. Eso sí, con unos requisitos: reglas claras sobre un entorno bien definido y acotado; un organismo que haga cumplir esas normas y que sea respetado por los actores implicados; una sanción inmediata, proporcional y efectiva… Es casi imposible encontrar algo más alejado a esta propuesta que los acuerdos medioambientales impulsados por los Gobiernos.

3. ¿Qué ocurriría si se cumplieran estos acuerdos?

Tampoco nadie parece pensar en esto. A corto plazo, las propuestas de reducción de emisiones se traducirían, sobre todo en los países más pobres, en un menor crecimiento económico. Y ese menor crecimiento podría llevar a tensiones entre países, al surgimiento de opciones políticas extremistas, al rechazo de los acuerdos medioambientales… Es decir: el efecto de segunda vuelta podría ser empeorar las cosas (en el sentido de rechazar por completo cualquier medida de eficiencia energética).

De nuevo, el problema está en ver la realidad desde una perspectiva estática y no dinámica. Pensar que se puede organizar la sociedad de arriba a abajo desde un despacho sin que los afectados por tus decisiones hagan nada al respecto.

4. Y entonces qué hacemos, ¿nada?

Pues lo primero es recordar que no hacer nada no es tan malo. La tecnología cambia y lo hace a mejor constantemente. Los primeros interesados en encontrar una fuente de energía limpia y renovable son los malvados capitalistas: imagínense una fábrica que no necesite carbón o petróleo para funcionar porque lo hace con energías 100% renovables (y gratuitas). Sería una mina de oro para su propietario.

Por eso, la mejor solución no son los famosos límites, los campañas de concienciación o los impuestos a la contaminación (que, estos sí, tienen una lógica económica, pero deberían ser globales para tener un impacto real y ser eficaces). Si alguien quiere reducir las emisiones, lo que tiene que hacer es inventar una energía limpia y barata. A partir de ahí, ya no harán falta ni protocolos ni acuerdos… todo el mundo se pondrá a usarla de un día para otro. De hecho, desde hace décadas las familias y empresas están usando la energía de forma más eficiente y limpia. No porque les obliguen, sino porque les conviene.

En este sentido, si alguien quiere hacer algo, lo lógico es que invierta en investigación. Esto no es nuestro: Bjon Lomborg apuesta por la innovación desde hace años, pero casi nadie le escucha en los gobiernos occidentales. Eso sí, con mucho cuidado y sacando a los políticos de la ecuación. Ya sabemos hacia donde puede derivar un gran programa público de desarrollo: malgasto, corrupción, poco control, objetivos poco claros…

Y si alguien quiere hacer algo desde el sector público: ¿qué tal formar un comité de expertos muy prestigiosos a los que se da un presupuesto destinado a I+D y se les deja las manos libres para que decidan como gastarlo? Eso sí, prestigiosos de verdad (que no tengan ni la más mínima relación con los partidos) y con las manos libres para tomar decisiones con resultados sólo a medio-largo plazo. Sería mucho más barato y eficiente que las decenas de agencias que ahora merodean por los presupuestos del sector.

5. Y si no, ¿el desastre?

El último error del catastrofismo reside en ignorar la capacidad de adaptación e inventiva del ser humano. Llevamos miles de años ajustándonos al entorno que nos rodea. Por qué no íbamos a hacerlo a un planeta uno, dos o cuatro grados más caluroso. Porque, además, esa tecnología nueva no tendría por qué centrarse sólo en encontrar nuevas fuentes de energía, más baratas y eficientes (que también), sino en predecir el clima con más fiabilidad y plazos más largos (lo que atenuaría sus peores efectos), en adaptarse a los cambios, en modificarlo (sí, ya hay proyectos de investigación para contrarrestar los efectos de los combustibles fósiles) o en incidir sobre el terreno (desde las plantaciones masivas de árboles a la recuperación de espacios naturales). Algunas de estas propuestas nos parecerán ciencia ficción. Pero no lo son. No mucho más de lo que le habrían parecido ciencia-ficción a nuestros abuelos muchos de los inventos que hoy disfrutamos.

De hecho, esta idea del progreso que no podemos anticipar nos lleva a otra cuestión que casi nunca se tiene en cuenta: nuestros nietos serán mucho más ricos que nosotros y tendrán muchas más herramientas tecnológicas a su disposición. O lo que es lo mismo: puestos a que alguien sufra un coste, tiene más sentido que lo soporten quienes serán más prósperos y más avanzados. Eso no quiere decir que tengamos manos libres para hacer lo que queramos (me parece muy bonita esa idea de dejar un legado a los que nos suceden), pero sí sirve para poner las cosas en perspectiva. En 2050 (por no hablar de 2100) nuestros sucesores tendrán una capacidad para adaptarse a los problemas que nosotros no podemos ni imaginar.

6. ¿La única solución llegará de los gobiernos o de la ONU?

No. Asunto tabú: soluciones de mercado al cambio climático. Y no sólo al cambio climático, sino a otros retos medioambientales. Por ejemplo, la deforestación de la selva amazónica que sigue un ciclo de protestas, alarmismo, campañas de concienciación… y ninguna solución real.

Como ya saben algunas organizaciones ecologistas en los países ricos, la mejor manera de conservar un bosque es hacerlo privado. Y aquí hay muchas posibilidades: desde vendérselo-arrendárselo a esas organizaciones ecologistas (si quieren acabar con la tala indiscriminada, su mejor opción es comprar selva) a compañías madereras con condiciones (por ejemplo: límite a la explotación de cada parcela y obligación de reforestación). Y algo parecido podría hacer con muchos otros recursos y problemas.

7. ¿Por qué seguimos equivocándonos igual que hace 20 años?

Aquí soy yo el que tiene que hacer examen de conciencia: porque está clarísimo y muchas veces no queremos verlo. Las mismas razones explicadas a lo largo del artículo son las que hacen casi inevitable que la realidad sea la que es. Porque hemos hablado mucho de incentivos y por eso no debemos olvidar los que mueven a los que están involucrados en este juego.

Para los políticos, organizaciones ecologistas, científicos catastrofistas… hay pocos negocios más rentables que éste. En términos de dinero y de influencia. Proponer medidas alternativas más eficaces puede ser bueno para el planeta, pero no lo será para ellos. Montar una cumbre mundial del clima cada año puede ser un absurdo desde el punto de vista del crecimiento de las emisiones, pero tiene todo el sentido del mundo para los trabajadores de la ONU, los funcionarios de los ministerios de Medio Ambiente y los grupos de trabajo de las universidades. Por eso es tan difícil que cambien. Esto sí que es una industria… y de las buenas, con el cliente cautivo y los ingresos asegurados.


















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Año 2019, Alan Jones, comentarista político australiano, deja en evidencia a los charlatanes del Timocamb1o Climát1co con una simple pregunta...



LA ZONA ECOLÓGICA : China, la “campeona” de la descarbonización.

No es infrecuente que, preguntados por los esfuerzos internacionales para conseguir una economía sin carbono, buena parte de los interlocutores del momento nos pongan a China como ejemplo de las políticas que deberíamos seguir en occidente. La cuestión es: ¿son las políticas energéticas y climáticas chinas realmente un ejemplo a seguir?


Occidente siempre ha sobreestimado los esfuerzos climáticos de China. “El futuro del clima terrestre”, especuló Christopher Flavin, presidente del Worldwatch Institute en 2007, “podría depender en gran medida de la capacidad de China para liderar al mundo en la era de las energías renovables”. El caso es que China no sigue el camino occidental en el tema climático, sino el suyo propio. En este tema hay muchas medias verdades, mucho engaño, y a los políticos y ONG occidentales parece que les gustase que les engañen.

Es cierto, China invirtió miles de millones de dólares en tecnologías de energía verde, aproximadamente el doble que Estados Unidos, según los datos del economista Bjorn Lomborg en el Washington Post de abril de 2011. Sin embargo, nos dice también Lomborg, casi todo este dinero fluyó hacia sistemas de energía renovable para los países occidentales, que pagaron altos subsidios para adquirir los paneles solares y turbinas eólicas chinos. Aunque China produjo la mitad de las células solares del mundo en 2010 (con electricidad barata quemando carbón), solo instaló el uno por ciento en su propio país.

No parece ese un dato relevante. Incluso después del desastroso resultado de la Cumbre de Copenhague, un columnista de The New York Times elogió el “Green Leap Forward” de China como la “cosa más importante” de la primera década del siglo XXI. Muchos elogios mereció también el presidente chino Xi Jinping, después de la Cumbre de París, aunque el verdadero compromiso de su país tras la cumbre fuera el de no reducir sus emisiones de CO2. Cuando se trata del clima, las élites occidentales son ciegas al mirar al gigante chino.

En China no hay Gretas Thunberg, ni huelgas escolares los viernes, sino un suministro de energía eficiente, muchas plantas modernas de carbón y aún más centrales nucleares

Cuando el presidente de los Estado Unidos, Donald Trump, anuncia la retirada de su país del Tratado de París, China se convirtió definitivamente en la “gran esperanza amarilla” del planeta. Los alemanes, en boca de la entonces ministra de Medio Ambiente Barbara Hendricks, se apresuraron a manifestar su deseo de sumarse al liderazgo chino en su lucha contra el Cambio Climático. En The New York Times, la directora de la sección asiática de Natural Resources Defense Council dijo que China quería asumir el papel de Estados Unidos como líder climático. Está claro, decía, que “los chinos están redoblando sus esfuerzos para reducir su dependencia del carbón y usar más energía renovable”.

Estos buenos deseos tienen ahora dos años. La realidad es otra: las emisiones de China han aumentado constantemente desde la Cumbre de París. A fines del año pasado, Endcoal.org incluso anunciaba un “tsunami de carbón” en China. Actualmente se están planificando y construyendo 259 gigavatios de nuevas centrales eléctricas de carbón. Estas y otras seguirán funcionando cuando cierren las centrales eléctricas de carbón en Europa. Este cierre ya decidido en Europa quedará en mero gesto simbólico, sin apenas significancia en la reducción global de emisiones de CO2.

En China se trata de crear valor, no de destruirlo.

Nadie en el politburó chino parece estar realmente asustado de los efectos del calentamiento global. La histeria climática no es dominante en China, ni en la vida política ni en la pública. Los líderes chinos son realistas climáticos, no “negacionistas del clima”. Saben que el cambio climático es natural, siempre ha existido y que el aporte antrópico no provocará que se nos caiga el cielo sobre las cabezas. Los científicos, los climatólogos chinos, están promoviendo esta opinión. En China encontramos un gran número de voces escépticas con respecto a la ciencia climática dominante en Occidente.

Poco antes de la cumbre de Copenhague, el diario The Guardian británico realizó una entrevista con Xiao Ziniu, jefe del Centro de Acción Climática de Beijing. El principal científico chino en el tema es notablemente escéptico con los efectos catastróficos del calentamiento global: elevar la temperatura en dos grados no necesariamente provocará la catástrofe que predice el IPCC. “Si el clima se está volviendo más cálido o más frío, tendrá consecuencias positivas y negativas”. En la historia china, dice, ha habido muchas veces más calor que hoy. Justamente lo que opina también Ding Zhongli, vicepresidente de la Academia de Ciencias China: “Las temperaturas actuales son normales”, escribió en la revista Earth Science, observando el cambio climático global en los últimos 10.000 años.

Las declaraciones citadas no son en modo alguno casos individuales. El tótem “The Science is Settled”, aparentemente no se aplica a los científicos chinos, quienes, con buenas razones, dudan del canon politizado del cambio climático del IPCC, lo que permite a China ser muy fría en la política climática global. La causa, el alcance y las consecuencias del calentamiento global son inciertos, y quienes son conscientes de ello durante las negociaciones climáticas siempre tendrán ventaja sobre los creyentes apocalípticos occidentales.

Los líderes chinos no sacrificarán de ninguna manera su propia economía en nombre de un más que quimérico “rescate climático”. El país continuará utilizando combustibles fósiles más allá de 2030, y en gran medida, la electricidad del sol y el viento seguirán siendo marginales. No hay Gretas, ni huelgas escolares los viernes, sino un suministro de energía eficiente con muchas plantas modernas de carbón y más centrales nucleares.

Se aconseja a los políticos occidentales que se adapten, como China, a un mundo en el que hay muchos asuntos mucho más importante que el clima.






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LA ZONA ECOLÓGICA : Cadáveres para hacer abono: el plan para acabar con cementerios y crematorios.




El estado de Washington quiere legalizar el compostaje y la hidrólisis de los cadáveres para ahorrar espacio en los cementerios y emisiones a la atmósfera.

En los Estados Unidos no se estilan los nichos. Como el cine se ha encargado de mostrarnos reiteradamente, los cementerios en este país suelen ser amplias extensiones de verdes praderas sembradas de cruces y lápidas individuales. Hasta ahora, las opciones funerarias en este país se limitaban básicamente a acabar bajo ese césped, o esparcido a modo de cenizas por algún rincón autorizado. Pero en breve los muertos tendrán una alternativa ecológica, más barata aunque también extravagante: volver al ciclo vital descansando eternamente sobre las plantas, convertidos en compost. 

El estado que ha puesto este nuevo método funerario sobre la mesa ha sido Washington, que acaba de tramitar una ley que autoriza la conversión de cadáveres en abono orgánico para el jardín. A falta de la firma del gobernador, este nuevo sistema, impulsado por una empresa privada, promete un bonito final, retornar a la naturaleza sin dejar huella ecológica en nuestro último adiós, a cambio, eso sí, de un desagradable proceso de descomposición.

La compañía impulsora de esta idea se llama Recompose y tiene la sede en Seattle. Su fórmula es una versión mejorada de la descomposición microbiana natural. “En realidad, es el mismo proceso que se da en el suelo de los bosques, ya que la hojarasca, las ardillas y las ramas de los árboles se deshacen y se convierten en tierra vegetal”, explica al Washington Post la fundadora de la compañía, Katrina Spade.

Katrina Spade


El aspecto económico también puede resultar ventajoso. Según la National Funeral Directors Association (NFDA), el coste medio de un funeral en EEUU con velatorio y entierro en 2016 fue de 7.360 dólares. Si se incluye la fosa, la cifra sube a 8.508. Y esto sin tener en cuenta los pagos a cementerios, las lápidas o las  flores. En el caso de la incineración, la factura media en 2017 fue de 6.260 dólares.

El precio del servicio de compostaje rondaría los 5.500 dólares. El cadáver se introduciría en un recipiente cilíndrico individual junto a alfalfa, paja y astillas de madera. Previamente se le extraerían los marcapasos, así como los implantes artificiales que se hayan ido acumulando en el organismo a lo largo de la vida. Se incorporarían los microbios y se cerraría. En unos 30 días, las temperaturas en el receptáculo suben hasta los 65 grados. La descomposición destruiría el cuerpo (piel, huesos, todo)  así como los agentes patógenos. 

El resultado sería casi un metro cúbico de tierra por finado. La familia podría llevársela a casa para abonar el jardín o, si lo prefieren, donarlo. El esparcimiento de este producto seguiría las mismas restricciones que las cenizas en casos de incineraciones. 

Aunque a primera vista este proceso se antoje poco apetecible, hay que considerar que en EEUU, en la mayoría de los casos, a los muertos se los embalsama. Este trámite tampoco es del gusto de todos. La razón es que en este país, a diferencia de España, los entierros se producen bastante tiempo después del fallecimiento, generalmente para que la familia tenga tiempo de organizarse y llegar a la ceremonia -no todos suelen vivir en el mismo estado-.

Katrina Spade, el Equipo Recompose, directores de funerarias, científicos, senadores y activistas de base junto al gobernador Jay Inslee firmando la ley SB5001 el 21 de mayo de 2019.

El proceso de embalsamamiento consiste en extraer los líquidos naturales del cadáver y sustituirlos por productos químicos conservantes, que con el tiempo se filtran al subsuelo, lo que supone un riesgo para el medio ambiente a largo plazo. 

El Green Burial Council es una entidad que promueve los entierros ecológicos. Entre otros métodos, apuestan por la inhumación directamente bajo tierra, en ataúdes biodegradables, sin embalsamamiento, ni fosas de cemento. Tampoco les gustan las incineraciones por las emisiones que producen.

“Con los cementerios llenos incluso en las áreas rurales, tenemos que desarrollar una alternativa que realmente aborde los problemas del espacio, la accesibilidad, las repercusiones ambientales y las necesidades emocionales de las familias”, explica a Newsweek Lee Webster, una de sus miembros.

Actualmente, según los datos de NFDA, el 51 por ciento de las familias escogen la cremación como método funerario, frente al 42 por ciento que elige el entierro. Esta organización estima que en 2030 será el 70 por ciento de la población la que optará por la incineración, una técnica que arroja a la atmósfera hasta 250 kilos de dióxido de carbono. 

Por contra, el compostaje humano, según sus partidarios, es una opción ecológica que puede satisfacer esta creciente demanda de una alternativa al entierro tradicional.  


Antes de elaborarse esta legislación, la Universidad del Estado de Washington probó con éxito la idea en siete cuerpos donados. Antes, en 2016, ya se testó el proceso pero introduciendo varios cadáveres en una estructura de mayor tamaño, tipo silo, junto a materia orgánica. 


El senador estatal Jamie Pedersen, del Partido Demócrata, presentó el proyecto de ley ante la cámara de Washington, que la aprobó por consenso en abril. A su juicio, este método supone una alternativa verde a las inhumaciones e incineraciones habituales. En su opinión, el gobernador Jay Inslee, también demócrata y muy preocupado por el cambio climático, no pondrá reparos a su normativa, que debería firmar durante el mes de mayo.

Disolver el cadáver

De conseguir el visto bueno, la ley entrará en vigor en mayo de 2020, y también legalizaría la hidrólisis alcalina. Ese método permite disolver los cuerpos en líquido utilizando una base de hidróxido de potasio o carbono a altas temperaturas. Esto diluye los órganos y los transforma en un fluido que se filtra varias veces antes de ser arrojado al desagüe. Quedan sólo los huesos, que se trituran para entregar a la familia del difunto un polvo similar a las cenizas. En la última década, más de una docena de estados lo han aprobado.


Lo que todavía nadie ha hecho es aplicar la técnica del compostaje que, por otra parte, es bastante común en la ganadería, según apunta Lynne Carpenter-Boggs, científica de suelos de la Universidad del Estado de Washington y asesora de Recompose. Gracias a este método, durante un brote de gripe aviar, se convirtió en abono a las aves infectadas.

La compañía sostiene que existe mucho interés por este sistema, especialmente desde estados vecinos como California, y otros como Colorado y Vermont. También asegura haber recibido mensajes de particulares desde otros países. De extenderse esta nueva técnica, los funerales en EEUU podrían comenzar a celebrarse, literalmente, en el jardín de casa.